Riverdale: la belleza visual como máscara

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Parece ser que la serie de adolescentes del momento es Riverdale, hasta que sea destronada por algún nuevo estreno, porque hoy en día le pegas una patada a una piedra y te salen diez series nuevas a la semana. Pero de momento Riverdale sigue mandando, sobre todo teniendo en cuenta que en octubre se estrena la tercera temporada. Empecé a ver la serie porque si hay algo que atrae mi atención son adolescentes resolviendo misterios, y si a eso le sumas una estética cincuentera al más puro estilo Grease, de primeras ya me has ganado, has apelado a mis gustos más primarios, esos de los que las chicas nos tenemos que sentir avergonzadas como bien corrobora el uso extendido de la expresión guilty pleasure. Para mí es un placer, pero de culpable no tiene nada. Tengo 29 años y me encantan las series de adolescentes, lo cual no quita que sea capaz de ver sus carencias desde un punto de vista más maduro y crítico que cuando las veía con 17 años.

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Tras ver las dos temporadas puedo decir que los dos motivos que me atrajeron están ejecutados de diferente manera, uno de forma bastante notable y otro que deja mucho que desear a excepción de algunos aspectos. ¿Adivináis cuál es cuál? Si he logrado llegar hasta el final de la segunda temporada no ha sido por estar ante una trama bien tejida, imprevisible y con personajes que rompen con los tópicos, sino por una dirección artística que es un placer para la vista.

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