Normas y creatividad: los carteles del transporte público tokiota

—A la primera estación a la que llegué fu a Shinjuku, que es la más transitada del mundo. Imagínate, más de tres millones de personas pasan por ahí a diario.
—Oye, ¿y no te agobias en Tokio con tanta gente? Tiene que ser un lío usar el metro o el tren, que lo he visto en la tele.

—Pues la verdad es que no. A ver, es cierto que hay una corriente constante de personas, sobre todo en las estaciones más importantes y en hora punta, pero solo hay que dejarse llevar un poco por el ritmo de la gente, ya sabes, donde fueres haz lo que vieres. Los japoneses suelen ser bastante organizados y eso se nota en el transporte público.
—¿Es verdad que no se puede hablar por el móvil dentro del vagón? Se pasan un poco, ¿no?
—Por poder puedes, de hecho, yo he visto a japoneses hacerlo, aunque muy poco en proporción a la cantidad de gente que usa el transporte público. A mí me parece bien, imagínate que se pone todo el mundo a hablar por el móvil.

Tokio es la ciudad más poblada si contamos su área metropolitana. 38 millones de personas, de las cuales muchas usan el transporte público para ir a trabajar, a estudiar o simplemente para salir a divertirse. Se estima que el tren y el metro lo usan más del 50 % de los estudiantes y casi el 50 % de los trabajadores. Con estas cifras es normal pensar que usar el transporte público en Japón puede resultar muy estresante, y no vamos a engañarnos, claro que lo es en ciertas líneas y a ciertas horas, pero al menos la armonía social que persigue la sociedad japonesa (wa) ayuda a que el estrés disminuya. No, a todo el mundo no le importa la armonía social y hay muchas personas que siguen sus propias reglas, pero en comparación con otras sociedades este número es más reducido.
Con la idea de mantener un orden y de que todo fluyese más, el Metro de Tokio inició en 1974 una campaña sobre etiqueta en sus líneas. Estas campañas son anuales (de abril a marzo según el año fiscal japonés) y sacan doce carteles diferentes, uno por mes, aconsejando a los pasajeros sobre cómo comportarse dentro del metro y en las propias estaciones.

Hideya Kawakita

Kawakita fue el encargado de dibujar el plano del metro de Tokio en 1972, a día de hoy el mapa se ha ampliado porque hay nuevas líneas y estaciones, pero siempre tomando como referencia el original.

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Pero su obra en el Metro de Tokio no se limitó al mapa, desde 1974 hasta 1982 Kawakita vistió las paredes y los trenes del metro con personajes famosos, la mayoría occidentales, que de forma cómica les decían a los pasajeros cómo comportarse cuando usaban este medio de transporte.

Jesús con los paraguas de los apóstoles para advertir a la gente de que no se le olvidase el paraguas en el tren y Superman sufriendo un pequeño accidente para que no tirasen chicles al suelo.

        

John Wayne en la portada de la TIME avisa que te apagará el cigarro de un tiro si fumas durante las horas en la que está prohibido hacerlo en el andén, las horas puntas, y una parodia de El gran dictador donde Hitler se está marcando lo que hoy conocemos como un manspreading mientras Chaplin lo mira casi de soslayo con una mirada llena de reproche.

   

Por supuesto también se podían encontrar carteles con personajes de la cultura japonesa. En este figuraban tres kaiju que cualquiera teme encontrarse a la hora de subirse a un vagón: Asshii, el típico que cruza la pierna ocupando más espacio del necesario, Nesshii (aquí jugaron con Nessie y el verbo «dormir» en japonés: neru), el que se queda dormido, y Shinbunshii, el monstruo que lee el periódico como si estuviese solo en el sofá de su casa.

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Aquí vemos como Doraemon le dice a los que se han tomado unas cuantas copas de más en Navidad que esperen a dormir en su casa y dos luchadores de sumo les recuerdan a los pasajeros que deben mantenerse detrás de la línea blanca hasta que el tren llegue.

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Bunpei Yorifuji

Los carteles de 2008 en concreto tuvieron una especial acogida, tal es así que estuvieron más del tiempo usual y el encargado de los de 2010 fue el mismo artista: Bunpei Yorifuji. A algunos os sonará este nombre porque la editorial Blackie Books publicó este año su libro Rakugaki, un manual muy original para aprender a dibujar.

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Los carteles de Yorifuji para el metro de Tokio no se basaban en prohibiciones como los de otros años, ya que según el autor no quería enviar un mensaje negativo a los pasajeros, por eso no vemos el verbo en negativo ni en japonés ni en inglés. En vez de eso, Yorifuji nos invita a que hagamos eso en los lugares apropiados.
Al típico salaryman que se ha bebido unas cuantas cervezas de más al salir del trabajo le recomienda que lo haga en su casa al igual que desaconseja escuchar música a todo volumen.

                

Los carteles de 2010 contenían siempre la frase «por favor, hágalo otra vez» acompañando a una secuencia de viñetas en las que la persona que está haciendo algo no apropiado se da cuenta de su error y lo corrige. También hay carteles que indican normas de comportamiento en toda la zona de la estación.

             

Si nos fijamos veremos que el sufridor de todos estos comportamientos poco cívicos es un hombre con gafas. Esto no es casualidad, Yorifuji dijo en una entrevista que su intención era que las personas se imaginaran qué le pasaba por la mente al señor de gafas, ya que la mayoría de las veces las personas no muestran su malestar ante este tipo de situaciones y las gafas actúan como esa barrera entre lo que la persona muestra y lo que realmente está pensando. El éxito de estos carteles fue tal que hasta otros artistas los parodiaron.

Ukiyo-e también en el tren

La compañía de trenes Seibu, con varias líneas que recorre el noroeste de Tokio, en 2016 tuvo la original idea de hacer unos carteles con normas de comportamiento al más puro estilo uyiko-e. En ellos vemos a japoneses del periodo Edo saltar en el tiempo y presentarse en vagones de tren formando parte de escenas bastante cómicas y algunas incluso grotescas.

Viajar a Tokio supone esto, encontrarte con arte y una originalidad desbordante en sitios inesperados, porque ya que hay que ponerse serio al menos que sea de una forma creativa. Muchas veces estos carteles se dirigen especialmente a los turistas porque no están acostumbrados a tanta etiqueta en los medios de transporte de sus países, como los carteles de este año del Metro de Tokio.

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Con las Olimpiadas de Tokio a la vuelta de la esquina seguramente esto sea un adelanto de un intento de educar al gran número de extranjeros que acudirán a Tokio en 2020. ¿Con qué originales carteles nos sorprenderán?

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Diez motivos por los que nos encanta Nicolas Cage

Nuestra sociedad se divide en dos grupos: los que aman a Nicolas Cage y los que lo odian. No se puede estar entre medias, ¡es necesario posicionarse antes o después! Yo pertenezco al bando de las personas que encuentran en el bueno de Nicolas más virtudes que defectos. Como miembro de este club muchas veces la gente se extraña de que me guste Cage, en su cabeza no encuentran respuesta ante la pregunta «¿por qué te gusta ese tipo?». Cuando te gusta Nicolas Cage no tienes una lista mental de por qué, da la impresión de ser algo innato, casi mágico, algo que siempre ha sido así. Por eso un día me senté en mi sofá y me acomodé con mi cojín favorito dispuesta a replantearme esta cuestión que tantas veces había ido aplazando inconscientemente. Cogí mi cuaderno y me propuse encontrar diez razones por las cuales a muchas personas este tío nos parece algo así como un ser místico. ¿Las encontré? Os preguntaréis. ¡Vaya que si las encontré! Aquí las tenéis.

1. Le da a todo los géneros

A Nicolas no se le caen los anillos, es capaz de protagonizar una peli de acción como una de miedo pasando por alguna histórica y sin dejar atrás la comedia romántica ni una película independiente. Hay actores que prefieren centrarse más en un género o en unos pocos, pero Nicolas no le hace ascos a nada, sabe que tiene una posición privilegiada y aprovecha la oportunidad de vivir como actor historias de todo tipo, ya sea de soldado, de presidiario, de motorista fantasma o de padre de familia. 

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2. El rey del cambio de siglo

Durante los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI Nicolas reinaba en las salas de cine, llegó a estrenar al año hasta tres películas. Yo por aquella época tenía entre siete y once años, y solo sé que a fuerza de verlo tanto al final o le cogías cariño o todo lo contrario, yo opté por lo primero, claro. Entre estas películas tenemos City of Angels, Ojos de serpiente, 8mm, 60 segundos, o Cara a cara. Pero de toda esta época dorada de Nicolas mi preferida siempre fue y será The Family Man, tal vez porque la ponen en Navidad año tras año para enseñaros que lo importante no es el dinero (aún intentan colarnos esa), pero Nicolas cantando La La Means I love you es historia del cine.

3. Ha trabajado para los grandes

Los grandes directores reconocen a un buen actor, por eso maestros como David Lynch, los hermanos Coen, Brian de Palma, Scorsese, Ridley Scott o Spike Jonze han querido que Nicolas interprete a sus protagonistas. El caso de Spike Jonze es especial, porque en Adaptation Nicolas interpreta no a uno ¡si no a dos personajes a la vez! Hace de los gemelos Kaufman.  Está claro que un actor de pacotilla no podría representar a unos gemelos tan diferentes como los de esta película. Por no mencionar Wild at Heart (David Lynch), donde Nicolas nos deleita con Love Me Tender en última escena casi hipnótica que no queremos que se acabe jamás.

4. El sobrinísimo 

No es ningún secreto que Nicolas es sobrino de Francis Ford Coppola. Se cambió el apellido en un intento de que la gente no lo considerara un enchufado, pero por lo visto no fue ese solo su motivo, como gran fan de los superhéroes escogió el apellido de Cage por Luke Cage. Quién le iba a decir que más tarde sería el Motorista Fantasma.
Aunque Nicolas no quería que lo acusaran de tener manga por ser el sobrino de Coppola, ¿quién puede culparle si alguna vez se aprovechó aunque fuese indirectamente de su posición? Lo cierto es que Nicolas actuó en tres películas de su tío en los 80, al inicio de su carrera en Hollywood: La ley de la calle, Cotton Club y Peggy Sue Got Married, pero solo fue el protagonista en esta última. 

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5. Carne de gifs

Mi teoría de por qué Nicolas es un buen actor es la siguiente: toda emoción humana, e incluso emociones que van más allá de lo humano, están representadas en un gif de Nicolas. ¿Cómo va a ser mal actor un tío que es capaz de representar cada faceta del ser humano? ¡A veces varias en un mismo gif! Probad, no hay emoción que no podáis transmitir con un gif de Nicolas. 

                

 

    

6. Se ha atrevido a dirigir 

Nicolas no contento con protagonizar varias películas al año decidió embarcarse en la aventura de dirigir, y en 2002 se estrenó Sonny, protagonizada por James Franco. La película fue vapuleada a nivel internacional, pero lo que nadie sabía era que Nicolas estaba siendo el responsable de que, 15 años después, The Disaster Artist fuese todo un éxito. «¿Qué tiene que ver Nicolas con eso?», os preguntaréis, más de lo que pensáis, porque Sonny es una de las películas favoritas de Tommy Wiseau y la que lo llevó a confiar en James Franco para una de las películas que ha dado mucho que hablar. ¿Quién iba a decir que le debemos a Nicolas The Disaster Artist? Es maravilloso como está presente en nuestras vidas sin que lo sepas. Es como si en Nicolas todo confluyese, una especie de orden universal.

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7. Una vez fue joven

Aunque la carrera de Nicolas no despegó hasta la treintena, cuando le dieron el Óscar por Leaving Las Vegas, Nicolas comenzó a actuar a principios de los 80, cuando aún era un adolescente de 17 años, y lo hizo en el episodio piloto de Best of Times, donde hacía de rubiales cachas.

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No hay más que hacer una búsqueda rápida en internet para comprobar que, efectivamente, Nicolas una vez fue un chavalín.

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8. No tiene complejos

Nicolas no se avergüenza de interpretar personajes poco convencionales, no tiene miedo al qué dirán. ¿Que tiene que hacer de un hombre del tiempo? Ahí está él. ¿Que tiene que hacer de un pirado que cree que su deber es atrapar a Bin Laden? Ahí está él. ¿Que tiene que hacer de vampiro? Ahí está él. ¿Qué tiene que hacer del guardaespaldas de la viuda de un expresidente? Ahí está él. No hay papel demasiado grande ni demasiado pequeño para el bueno de Nicolas, no se plantea si esa película será el próximo blockbuster ni si se estrenará en cines, él sencillamente escoge lo que le da la real gana.

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9. El rey camaleón

Nicolas no es solo uno, Nicolas son cientos, porque cada vez que interpreta un papel se mete tan en él que su imagen puede cambiar radicalmente. No tiene miedo al ridículo, y nunca lo ha tenido, esta es una de las cosas que sus admiradores respetamos más. Lo da todo por su personaje, se entrega al cien por cien hasta llegar a límites insospechados. 

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10. Mandy

La última película de Nicolas está dando mucho que hablar. Hay gente sorprendida porque haya podido protagonizar una película de este nivel. Bueno, a los que venimos confiando en él desde hace años no nos ha sorprendido en absoluto que haya sido capaz de tal maravilla. Sabemos de lo que Nicolas es capaz, ¡hay que estar ciego para no haberse dado cuenta tras más de 30 años de carrera!  En esta película Nicolas lleva a cabo una venganza espectacular, pero de los que realmente se venga son de aquellos que no han creído en él, de los que lo han menospreciado, de los que se han mofado de sus actuaciones, de los que no lo consideran merecedor de un Óscar, de los que creen que debería dedicarse a otra cosa.

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¡Necios! Nicolas Cage ha nacido para actuar, ha nacido para luchar con una motosierra, ha nacido para forjase su propia arma, el arma de la verdad, el arma del talento y de la perseverancia, el arma con el que ha callado bocas para siempre. 

Nicolas nos ha demostrado que quien ríe el último ríe mejor. ¿Alguien volverá a atreverse a decir que Nicolas Cage es un mal actor?

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¿Cegados por el sol de una bandera?

El eurocentrismo tiene gran parte de culpa de que desconozcamos la historia de otros continentes así como sus símbolos. Pero ¿qué pasa cuando un grupo de gente dice estar interesada por la cultura de un país no europeo? Lo más lógico sería pensar que esas personas se han interesado hasta cierto punto por los aspectos históricos más relevantes del país, no hablo de cosas demasiado concretas, ni siquiera de acontecimientos de hace varios siglos, sino de sucesos ocurridos el siglo pasado. Ahora pongámosle nombre a ese país: Japón, el país del sol naciente, como bien indica su nombre. Posiblemente uno de los países y de las culturas más atrayentes a nivel mundial. Como consecuencia, en España se celebran al año numerosos eventos para reunir a personas que tienen en común su interés, pasión, fanatismo (cada uno que lo denomine como quiera) por Japón.

Cada vez que hay algún evento relacionado con la cultura japonesa se hace patente la ignorancia respecto a un símbolo japonés muy importante. Hablo de la famosa bandera del sol naciente que tanto parece atraer a los aficionados a Japón. Seamos sinceros, es una bandera que a primera vista y sin conocer su historia resulta muy atractiva visualmente, el problema viene cuando nos quedamos en lo superficial y no indagamos un poquito sobre el significado de la bandera. Porque, ¡sí!, todas las banderas tienen significado, dicho significado importa, ¿quién lo iba a decir? Y la bandera del sol naciente no es una excepción.

El sol naciente que para muchos se puso

La bandera del sol naciente (Kyokujitsu-ki) tiene su origen en el periodo Edo, cuando la usaban los señores de la guerra, por lo que siempre ha estado ligada al ejército. Está compuesta por un sol y dieciséis rayos en referencia al significado del nombre de Japón (nihon – origen del sol).

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Comenzó a aparecer en grabados de ukiyo-e.

Al iniciarse el periodo Meiji, cuando Japón abrió sus puertas al mundo, la bandera pasó a ser oficialmente la del ejército y la armada hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón se vio obligado por Estados Unidos a prescindir de cualquier tipo de fuerzas ofensivas. Durante ese periodo, que ni siquiera llegó al siglo, la bandera fue usada en un gran número de operaciones imperialistas en países vecinos, sobre todo en China y Corea. Fue el símbolo de masacres atroces, la más conocida la de Nanking, entre diciembre de 1937 y febrero de 1938, donde asesinaron de las formas más atroces en torno a 250 000 civiles, el número varía dependiendo de la fuente.

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Bajo esa bandera conquistaron Corea (1910-1945) y Taiwán (1895-1945), entre otras zonas de Asia, con la excusa de considerar a los japoneses seres superiores a sus vecinos asiáticos. Si Hitler estaba llevando a cabo su plan para conquistar Europa, Japón hacía otro tanto en Asia.

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Cartel propagandístico del Eje.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial y tras la desaparición de su ejército la bandera dejó de usarse. Pero su ausencia fue muy corta, pues el 1954 las Fuerzas de Autodefensa volvieron a recuperarla hasta el día de hoy. Pero la bandera actual de Japón tampoco está limpia, pues era la que usaba el ejército tras cada conquista. Muchos profesores pertenecientes a organizaciones de izquierdas son reticentes a hacerle la debida reverencia en actos de graduación y a cantar el himno nacional, también de tinte imperialista.

En la actualidad la bandera no está prohibida en Japón, sino que sigue usándola la Fuerza Marítima de Autodefensa Japonesa, y la Fuerza Terrestre de Autodefensa Japonesa la emplea con una ligera variación, con el sol centrado.

 

Pero hay también una organización que la usa con orgullo, la Zaitokukai. Se trata de una organización de ultraderecha racista especialmente con los coreanos o de origen coreano que viven en Japón, aunque su odio se extiende a personas de otras nacionalidades asiáticas. Usan la bandera del sol naciente porque los representa, es una bandera manchada de sangre de aquellos a los que odian y temen.

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Pero si vamos a Japón no solo encontraremos esta bandera en manifestaciones de grupos de ultraderecha, podemos verla en publicidades, manga, anime, videojuegos, etc. Y parece que eso ha hecho que la bandera traspase las fronteras a Occidente dejando atrás toda su simbología del horror, cosa que obviamente no ocurre en China o Corea del Sur, donde es vista como el remanente de una parte muy oscura de su pasado.

El peligro de la ignorancia

¿Con todos estos datos qué persona querría usar esa bandera en un cartel de un evento sobre Japón? ¿A quién le gustaría que le regalasen una bandana con la bandera en uno de estos eventos? La respuesta más lógica es a alguien que desconozca su simbología. Pero ¿qué pasa con los organizadores de dichos eventos? ¿Qué ocurre con personas que supuestamente son conocedoras de la historia de la bandera porque se dedican a divulgar la cultura japonesa? Aquí el cerebro me patina un poco y no tengo muy claro qué pasa por la cabeza de esas personas que deciden usar la bandera como reclamo para eventos de cultura japonesa e incluso de Asia Oriental en general. ¿De verdad ignoran su significado? ¿O tal vez nos encontramos ante cierto racismo a otros países asiáticos? Porque no miento si aseguro que muchos amantes de la cultura japonesa son despectivos con la cultura china y la ven como algo inferior. A Corea del Sur la tienen en mejor estima por aquello del K-Pop.

Este comportamiento denota un síntoma preocupante, que es la falta de información, la falta de curiosidad. Y este síntoma se agrava en personas supuestamente interesadas por cierta cultura. Puede ser que al ver que en Japón su uso no está prohibido y se sigue empleando, algunas personas piensen que no tiene ningún significado negativo, incluso algunas alegarán que el origen de la bandera se basa en la diosa Amaterasu y que su simbología va más allá del imperialismo, pero lo cierto es que los grupos de ultraderecha la usan por algo: porque fue la bandera del imperialismo japonés, del sintoísmo de estado, de una de las épocas más oscuras de Japón. O tal vez yo esté siendo demasiado naive, tal vez los organizadores de estos eventos sepan lo que significa esta bandera y no les importe.

Podría poner varios ejemplos de carteles con esta bandera, pero mi intención no es acusar a nadie directamente porque desconozco los motivos por los que han decidido incluirla. Quiero más bien volcar una reflexión que considero muy importante y que creo que sigue pasándose por alto muy a la ligera. No puedo dejar de plantearme todas estas preguntas y de sentir cierta preocupación, porque las banderas importan, las banderas son un símbolo, y como tal guardan un significado. Si vamos a hacer uso de esa bandera tenemos la responsabilidad de conocer su historia, de saber qué ha significado y qué significa para millones de personas.

 

Ōoku: el gran interior

Si hiciésemos una encuesta a varias personas sobre el significado del término «harén» (prohibido) probablemente la mayoría lo relacionaría exclusivamente con la cultura musulmana. No hay más que hacer una búsqueda rápida en el DRAE para comprobar el sesgado significado que tenemos de este concepto.

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Es cierto que etimológicamente el término viene del árabe, pero no podemos dejarnos confundir por eso y reducir un concepto que han compartido, con sus respectivas diferencias, varias culturas en lugares muy alejados entre sí. Pero algo que comparten todas ellas a grandes rasgos es que, fuese cual fuese el término empleado, hace referencia al lugar donde vivían las mujeres y al grupo de mujeres en sí: la mujer del patriarca, su madre, sus concubinas, sirvientas, hijas e hijos hasta cumplir determinada edad.
Podíamos encontrar estos espacios en la Antigua Grecia, en el Imperio otomano, en el Antiguo Egipto, en las zonas musulmanas de la India y Pakistán, en Persia, en el Imperio azteca y en el Japón del periodo Edo, que es en el que me voy a centrar.
En una historia gobernada por el patriarcado no es de extrañar que las mujeres fuesen relegadas a un espacio cerrado de las viviendas donde servían al hombre de la casa de diferentes formas y dedicaban sus días a cuidar a sus hijos o a practicar las artes de moda en sus respectivos lugares y épocas.
Fue el manga de Fumi Yoshinaga el que me abrió las puertas a una parte muy privada y secreta del castillo de Edo.

El harén japonés

En el Japón del periodo Edo (1603-1868) también hubo un harén dentro del castillo de Edo (antigua Tokio).  En dicho castillo es donde vivía el shogun, que era el verdadero gobernador de la época y no el emperador.
El castillo se dividía en tres zonas principales, de las cuales la parte más interior, el Ōoku (gran interior) estaba designada como vivienda de las mujeres que servían al shogunato Tokugawa. A rasgos generales podríamos considerar el Ōoku un harén, al fin y al cabo, en esencia era un grupo de mujeres que dedicaban su vida a la de un hombre, en este caso el jefe militar del país. Pero sería un error no ahondar más en la estructura de esta institución única en el mundo y en la historia.

El Ōoku fue creado por el shogunato Tokugawa para asegurar y proteger su dinastía. En una época en que las hijas de los samuráis eran tratadas como moneda de cambio entre familias amigas y enemigas, la mujer era vista como un peligro ya que podía ser el origen de traiciones fatales al posicionarse a favor de su padre o de su marido. Por eso era conveniente que las hijas de los samuráis que servían directamente al shogunato Tokugawa (los hatamoto) estuviesen recluidas. Estos samuráis estaban al servicio del shogunato Tokugawa y sus hijas eran las únicas que tenían acceso a los cargos altos dentro del Ōoku. El Ōoku también fue creado por el escaso número de mujeres que había en Edo en aquella época, ya que en un principio solo vivían allí los hombres enviados a construir la ciudad. Y a su vez también era importante para el shogun demostrar que tenía un montón de mujeres a su disposición.

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Las mujeres del Ōoku

Dentro de ese grupo de mujeres estaban la madre del shogun, su mujer legal (midaidokoro o midai), las concubinas, las sirvientas, las niñas y los niños menores de ocho años que tuviesen algún parentesco con alguna de las mujeres que allí vivían. En cuanto a los hombres, solo podían pasar el shogun y los médicos cuando fuese necesario. Cada una de estas mujeres poseía un rango y con él ciertos deberes y derechos (pocos), pero había una cosa que todas tenían en común: el silencio. Una vez que entraban a formar parte del Ōoku debían prometer no escribir ni contar nada de lo que allí viesen o escuchasen. Esta prohibición dio lugar a un gran número de leyendas en el exterior del castillo, porque ya sabemos que nada alimenta más a la imaginación humana que un gran secreto. Esas habladurías y la prohibición que tenían las mujeres de escribir diarios han hecho que en realidad se conozca poco sobre el Ōoku, pero aun así se han podido averiguar hechos lo bastante contrastados como para tomarlos por reales.

Cuando una mujer pasaba a formar parte del Ōoku tenía prohibido salir al exterior, con algunas excepciones, y muchas residían allí el resto de su vida. El Ōoku se diferencia de otros harenes porque era una institución más autónoma que contaba con una jerarquía muy marcada, un protocolo estricto y no carecía de burocracia. Esta institución era solo supervisada por las propias mujeres, y las que debían pasar a la zona administrativa del castillo (nakaoku) debían ir rapadas y llevar vestimenta masculina; las responsables de estas tareas eran unas cuatro mujeres.

En una cultura donde la jerarquía es la columna vertebral de la sociedad no es raro que hasta en un lugar como el Ōoku hubiese diferentes rangos para las mujeres que habitaban en él, estos son los principales.

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La acompañante, secretaria y consejera de la midai (mujer del shogun). Era un puesto reservado a las hijas de aristócratas de Kioto y como mucho había dos a la vez. Se encargaban de enseñar y acompañar a la midai en actividades como la ceremonia del té, arreglo florar, lectura de poesía, música, etc.

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Aunque estaban por debajo de las jōro-toshiyori en rango, a efectos prácticos tenían más poder. Debían ser hijas de un samurái hatamoto, y de hecho estas eran las únicas que podían estar en presencia del shogun y de la midai por ser consideradas más leales. En total había entre seis y ocho que se dividían en dos grupos: las que servían al shogun y las que servían a la midai. Se encargaban de las tareas administrativas del Ōoku, así como de los asuntos personales de la midai. Eran las únicas que salían al exterior porque debían rendir pleitesía en nombre de la midai en templos, santuarios, ante familiares de los Tokugawa y a los daimyō (señores feudales) más poderosos.

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Eran las únicas que compartían cama con el shogun cuando él lo solicitaba. El shogun no tenía toda la libertad que uno podría imaginar a la hora de mantener relaciones sexuales con alguna de sus concubinas, ya que seguía un horario estricto, había periodos de celibato y era todo un protocolo el que se veía obligado a seguir cuando quería acostarse con alguna de ellas. El resto del tiempo las mujeres de este rango se dedicaban a realizar las tareas diarias del shogun y de la midai, eran básicamente unas sirvientas.

Aunque uno pudiese imaginar lo contrario, cuanto mayor fuese el rango menos libertades tenían a la hora de relacionarse con el exterior. Las de menor rango podían visitar a sus familiares cada tres años y hasta dejar su puesto en ciertas circunstancias, como la muerte del shogun, cuando se les permitía replantearse si seguir en su puesto o marcharse. Las de rangos más altos en cambio no podían visitar a sus familiares ni cuando estos se encontraban en Edo de visita oficial y debían permanecer en el Ōoku hasta su muerte, probablemente por miedo a que desvelasen secretos del interior y del shogunato, pues eran las que más información tenían.
Trabajar en el Ōoku era el deseo de muchas mujeres de familias de samuráis empobrecidas, ya que además de la ventaja económica, en el Ōoku podían estudiar cosas que en el exterior se enseñaban solo a los hombres, e incluso había cierta movilidad entre los rangos, por lo que algunas podían ir ascendiendo con el tiempo. Conociendo la precaria situación de las mujeres en el Japón de aquella época es más que lógico que muchas viesen el Ōoku como una oportunidad para mejorar sus vidas de una forma que en el exterior sería completamente imposible. Pero no cualquiera podía entrar a formar parte de esta institución, había tres vías: por la familia (sobre todo hijas de samuráis), por dinero o por belleza, aunque esta última no era una forma tan efectiva, pues las mujeres más bellas eran vistas como un peligro.

Toda medida para salvaguardar los secretos del Ōoku eran pocas, por lo que tampoco se realizaron pinturas de esa zona del castillo. Sin embargo, el grabador Toyohara Chikanobu reflejó en una serie de cuarenta grabados algunas escenas cotidianas de este misterioso lugar, reflejando lo que imaginaba que se habrían encontrado de haber podido acceder al Ōoku.

Intercambio de papeles

Pero ¿qué pasaría si en Japón hubiese existido un harén masculino? Eso mismo fue lo que se le ocurrió a Fumi Yoshinaga y que plasmo en Ōoku: The Inner Chambers, un manga que por desgracia no está editado en castellano, pero podemos encontrar una edición estadounidense. No es muy conocido fuera de Japón a pesar de haber estado nominado al Premio Cultural Osamu Tezuka tres años seguidos y de haber ganado varios premios, uno de ellos de la Asociación japonesa de ciencia ficción feminista.

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La autora nos presenta un pasado alternativo con la siguiente premisa: en el Japón feudal una repentina enfermedad contagiosa peor que la viruela empieza a matar a los varones más jóvenes, viéndose muy reducido el número de hombres en un corto periodo de tiempo. En un momento y lugar donde los hombres dirigían el país esto supondrá un cambio total en la sociedad. Las mujeres se ven obligadas a encargarse de los trabajos propiamente masculinos (pesca, agricultura…) debido a la escasez de estos y a que deben guardar como un tesoro a los hombres de la familia para que el linaje no se pierda, pues recordemos que en aquella época las mujeres no heredaban y la línea de sucesión la mantenía el hombre. La enfermedad llega hasta el castillo de Edo, donde el tercer shogun, Iemitsu Tokugawa, acaba muriendo sin descendencia masculina y la única hija que tiene debe ponerse al mando del shogunato, eso sí, haciéndose pasar por su padre ante todo Japón a excepción de unas pocas personas cercanas que trabajan para ella.

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Lo que nos encontramos en este manga es una historia de ficción con muchos acontecimientos basados en la realidad, así como personajes importantes de la historia japonesa, entre ellos Iemitsu Tokugawa, que efectivamente fue el tercer shogun Tokugawa que gobernó Japón. Esto resulta un atractivo añadido a la original premisa porque podemos ir conociendo personalidades del Japón del periodo Edo.
Otra es Kasuga no Tsubone, que aparece en el manga como nodriza de Iemitsu y una de las que sentó las bases del Ōoku como institución porque así fue en la realidad. Se nos presenta como una mujer bastante despiadada, cosa que podría tener su parte de verdad, aunque también se le conocen actos bondadosos. Aunque cuando ella vivía todavía no existía el rango de otoshiyori se supone que su papel era muy similar.

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El punto fuerte del manga es que por un momento nos metemos en una realidad en la que la persona con más poder de Japón es una mujer, pero como tal, al principio debe luchar por hacerse valer y hasta llega a considerarse un mero útero necesario para dar a luz a un shogun hombre. A partir de segundo tomo nos introducimos en un flashback que explica cómo las mujeres pasaron a ser el género dominante, algo que evidentemente no ocurrió de la noche a la mañana. Se usan acontecimientos reales, como el cierre de Japón al resto del mundo, pero adaptados a la historia. Por ejemplo, la shogun decide cerrar Japón alegando que no quieren un país colonizado por el cristianismo, pero es una mera excusa para tapar el problema de la escasez de hombres.
Sin duda, Fumi Yoshinaga  hace un ejercicio muy interesante a la hora de mostrarnos un pasado alternativo y solo por eso merece la pena darle una oportunidad a este manga.

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¿Un cambio desde el interior al exterior?

En los años setenta el movimiento feminista japonés consideró el Ōoku como una forma más de controlar a la mujer desde un sistema patriarcal. Pero, actualmente, tal vez tras descubrir más información, el Ōoku ha pasado a verse como una institución donde las mujeres tenían relevancia y donde pudieron contribuir tanto a nivel cultural como a nivel económico con el país. Aunque tal vez esta sea más una interpretación en un intento desesperado de hallar algo de luz en una oscuridad tan profunda. La realidad es que esas mujeres estaban encerradas, limitadas, calladas y su mayor privilegio era el de dar a luz al siguiente shogun. Que dentro de esas condiciones lograsen llevar a cabo una influencia sobre la sociedad no es más que otro ejemplo de la capacidad del género femenino para sobrevivir ante la adversidad. La obra de Fumi Yoshinaga es un soplo de aire fresco en el ambiente viciado de esas estancias que permanecieron cerradas al resto del mundo.

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Cigarras, humedad y karaage

Que el verano japonés es una bomba hecha de altas temperaturas y humedad es algo que sabemos muy bien los que alguna vez hemos visto anime gracias a esa idea tan romantizada que tienen los japoneses de representar sus cuatro estaciones con todo detalle. Entonces ¿cómo pude llegar a la conclusión de que pasar un mes entero en la época más calurosa resultaría atractivo? La respuesta no tiene nada de trascendental, simplemente ya había ido a Japón en época de hanami y de momiji y se me antojaba curioso poder asistir a algún matsuri (festival) y ver cómo los japoneses se deleitan con los hanabi (fuegos artificiales) cual niños. Quería vivir un verano como el de Shizuku en Susurros del corazón, salir en pleno día y escuchar las cigarras, y vaya si las escuché, hasta las vi, porque son enormes. Aunque me quedé con las ganas de encontrarme con algún gato misterioso.

La loca Osaka

Para mí Osaka ya no es solo «Osaka», siempre será «la loca Osaka» (a nivel Japón, claro). En mis dos viajes anteriores lo más cerca que había estado de esta antigua capital (porque fue capital antes que Kioto) fue la propia Kioto, así que consideraba que le debía una visita en condiciones a la antes conocida como Naniwa.

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El señor del puntero

Es sabido por los que tenemos predilección por Japón que hay una especie de lucha entre Tokio y Osaka. Había leído opiniones sobre personas que han vivido en alguna de las dos ciudades, o incluso en ambas, sobre las diferencias de los japoneses que las habitan y tenía mucha ganas de comprobar qué tenían de cierto, siempre con la limitación del tiempo y de mi situación de mera turista. Pero como si la ciudad supiese que estaba deseosa de jugar a un «encuentra las siete diferencias» nada más llegar a Shin-Osaka (la estación de tren más nueva) me puso en bandeja una gran pista para resolver el juego. Viéndome con cara de póquer ante un mapa de trenes buscando la forma de llegar a mi alojamiento se me aproximó un señor y comenzó a hablarme en japonés, diría que en el dialecto de Kansai, porque me costaba entenderlo más de lo normal. Obviamente deduje que quería echarme una mano, así que le dije mi estación de destino y me señaló un andén. Pero no contento con prestarme esa ayuda me acompañó durante el resto del recorrido (trasbordo incluido) hasta que tuvo que bajarse un par de paradas antes que yo. Durante el trayecto me hablaba en japonés, y cuando yo le decía que no lo entendía chapurreaba algo de inglés, cosa que en verdad solo empeoraba la situación. Pero lo que más me sacó de mis casillas fue cuando estando dentro del primer tren sacó un puntero de los de antes, de los plegables, y se puso a golpear el mapa de la línea para explicarme qué recorrido debía hacer. Sin duda estaba presenciando al primer síntoma de locura (¡buena!) de Osaka.

Un infierno terrenal con pequeños oasis

Tras este primer encontronazo con la realidad osaqueña, al salir de la estación me di de bruces con algo que iba a atormentarme durante un mes: un calor sofocante por culpa de la humedad. Yo soy persona de interior, así que podéis imaginaros lo que estaba a punto de sufrir. Era incapaz de respirar de forma fluida, aunque a eso te acabas acostumbrando a fuerza de resignación. Desde aquí quiero pediros por favor que, a no ser que no tengáis otras fechas libres para poder ir a Japón o que queráis ir entonces por alguna razón muy específica (como ver algún matsuri), NI SE OS OCURRA IR EN VERANO. Respetad vuestro cuerpo y vuestro tiempo, porque intentar hacer turismo con semejante calor en un suicidio lento. Como una persona organizadora que soy había preparado un montón de sitios que visitar, pero el número se vio notablemente reducido por el calor. No esperéis madrugar para encontrar unas horas menos calurosas (no las hay) o hacer visitas a sitios turísticos después de las cinco (cuando cierra todo).

Si a pesar de esto acabáis yendo en verano tened en cuenta que en las ciudades más grandes podéis recorrer largas distancias bajo tierra por los túneles que unen las estaciones y que además están llenas de tiendas y restaurantes de todo tipo. Y también podéis aprovecharos de los shotengai, que son calles comerciales cubiertas, las hay más antiguas y más nuevas, estas últimas tienen aire acondicionado. Yo no sé qué habría hecho sin el de ebisubashi que me ayudaba a llegar a mi estación desde el alojamiento. Eso sí, tened en cuenta que todo el mundo tiene la misma estrategia y que durante la mayor parte del día estas galerías van a estar absolutamente repletas de gente y tendréis que movernos cual sardinas enlatadas.

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Uchiwa publicitarios, cerveza y karaage

Como ya he mencionado, uno de los motivos por los que elegí Osaka en esas fechas era poder asistir a uno de los tres matsuris más importantes de Japón: el Tenjin Matsuri. Y solo por haber asistido a tal celebración mereció la pena sufrir el calor infernal.
Cuando vas a una estación de tren o de metro y ves a muchas personas vestidas con yukata sabes que hay algún festival de verano. Llegué a la estación más próxima al santuario desde donde salía la procesión y me dejé guiar por el sonido de las geta de madera hasta la salida. Lo que me encontré en la superficie fue una marea de personas de todas las edades, muchas ataviadas para la ocasión de forma tradicional y otras con sus ropas del día a día. Al instante me abordó alguien que repartía uchiwa (abanicos japoneses) con publicidad, ya sabemos que en Japón cualquier momento es bueno para promocionar algo. Mi primera reacción fue de alivio, seguida por una decepción muy grande al comprobar que lo único que hacía al abanicarme era remover el aire caliente que tenía secuestrada a la ciudad y a sus habitantes. Pero ¡basta de quejas! Tocaba poner rumbo al santuario porque la procesión estaba a punto de comenzar y quería conseguir un buen sitio para hacer fotos. Logré un lugar en segunda fila en una calle muy estrechita justo en el momento adecuado. Lo que más me impresionó de la procesión en tierra fue el sonido de los taikos (tambores), en ese momento ni todo el calor del mundo podría haberme impedido disfrutar de algo tan especial y tan diferente pero a la vez tan conocido para mí. Fue uno de esos momentos que no sabes si volverás a vivir y que quieres atesorar al máximo, exprimir cada segundo.
Tras esta especie de trance que viví se me aproximó un señor que debió de verme sufriendo bastante, porque me regaló dos botellas de té helado. Osaka volvía a complacerme con la amabilidad de sus gentes y su faceta más extrovertida y acogedora hacia los extranjeros. Por supuesto, en un primer momento me negué a aceptarlos, pero al ver que insistía una vez más entendí que el señor no iba a quedarse contento hasta que aceptase su regalo. Repasando mentalmente mis conocimientos sobre la etiqueta japonesa acepté su ofrecimiento. No estaba en España, donde puedes rechazar una oferta así sin que la otra persona se sienta especialmente mal, estaba en Japón, donde las formas lo son todo.

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Dicho esto, he de decir que esas dos botellas de té helado me salvaron la vida, porque la procesión se alargó más de lo que había previsto. Acabó la primera parte y debía dirigirme hacia el lugar donde tendría lugar la segunda: el río Okawa, porque la procesión por tierra iba a convertirse en una precesión flotante. Eso sí que era algo totalmente nuevo para mí.
De camino atravesé un shotengai que estaba repleto de puestos de comida y de cerveza (en Japón es legal beber en la calle). Busqué algo apto para el paladar tan especial que tengo y me decidí por un cubito de karaage, que es pollo rebozado y frito, pero no como el que podamos comer en otros países, es especial, una bomba de placer para el gusto. Para pasarlo me compré una Asahi, así también entraría más en el espíritu festivo, recordemos que a los japoneses les encanta la cerveza. Comí y bebí al lado del puesto porque en Japón es de mala educación hacer ambas cosas andando, aunque en días especiales como los festivales no es raro ver a los propios japoneses saltándose las normas. Con el estómago algo más lleno me dirigí hacia el río. Al llegar me encontré con que la rivera estaba plagada de yatai (puestos de comida) y de gente que llevaría horas acampando para conseguir las mejores vistas.

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Lo que presencié luego fue maravilloso, barcos espectaculares que llevaban a bailarines que danzaban al ritmo de la canción del matsuri, con una melodía que me transportó tal vez a los años 30 de Japón. También había un barco con una hoguera gigante, y como colofón unos fuegos artificiales de prácticamente una hora de duración con una de las puestas de sol más impresionantes que he visto.

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Los fuegos arrancaban a los japoneses exclamaciones de sorpresa como si fuese la primera vez que veían tal acontecimiento, porque la sociedad japonesa se maravilla con lo efímero, como los cerezos en flor. ¿Y qué son los fuegos artificiales sino algo que empieza y termina en un segundo? Ahí es donde reside gran parte de su belleza.

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Vivir ese ambiente de diversión, jovialidad y despreocupación fue todo un privilegio que jamás olvidaré, y esa alegre melodía del matsuri que evocaba a tiempos pasados la tendré grabada siempre en la memoria.

De Dotombori a Amerikamura

Son muchos los sitios de Osaka sobre los que podría extenderme hablando, pero he elegido estos dos porque son los que más recorrí durante mi estancia y sin duda son de los más emblemáticos y concurridos. Dotombori de noche se muestra mucho más apetecible y vivaz que durante las horas diurnas. Los cientos de farollilos que hay colgados a los lados del canal se reflejan en el río y crean una atmósfera en la que es fácil entrar pero no salir. Durante mi estancia en Osaka me hice asidua de una terraza que servía bebidas y cosas para picar, tanto que el dueño acabó reconociéndome e incluso invitándome a una cerveza o regalándome unas uvas japonesas. En Dotombori puede pasar de todo, como encontrar a los hinchas de un equipo de fútbol que se adueñan del canal, como descubrir un pequeño matsuri donde locales y extranjeros bailan al ritmo de canciones japonesas.

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Siguiendo el recorrido del canal llegaba hasta Amerikamura, un barrio que tiene sus orígenes en los años setenta cuando comenzaron a venderse vinilos y artículos procedentes de la costa estadounidense. Todavía se encuentra aquí ese toque más occidental, tanto en las tiendas como en los restaurantes. Pero si nos vemos sobrepasados de Occidente podemos refugiarnos en un Mandarke, que para eso estamos en Japón.

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En Amerikamura lo mejor que se puede hacer es patearse las calles y encontrar tiendas muy locas, como una dedicada a Alicia en el país de las maravillas, o unos recreativos exclusivamente de pinballs de todo tipo a cien yenes la partida (son adictivos).

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También recomiendo aprovechar la oportunidad y pasarse por alguno de los restaurantes hawaianos que hay, ya sabemos que a los japoneses les chifla Hawái y lo notamos porque no es difícil toparse con restaurantes dedicados a su cocina en ciudades grandes. Tras callejear por Amerikamura siempre me gustaba sentarme en una pequeña plaza, que es el centro neurálgico del barrio, para ver pasar a la gente mientras me tomaba algo.

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Hiroshima mon amour 

A Hiroshima tuve la oportunidad de ir el 6 de agosto, el aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad, y estuve tentada de ir, pero al final decidí que era mejor ir en cualquier otra fecha. Me pareció que si iba ese día iba a sentirme desubicada, como una intrusa entre personas, y descendientes de estas, que habían sufrido el dolor en sus propias carnes.
Llegué a Hiroshima con cierta incertidumbre sobre qué iba a sentir. Nada más llegar me encontré en una ciudad de costa rodeada por unas preciosas montañas. La cantidad de turistas extranjeros es notoria, y hay hasta varios autobuses que hacen rutas turísticas incluidas con el JR Pass. Es tan fácil como llegar, subirse al autobús y cuando te quieres dar cuenta estás recorriendo las calles de una ciudad que jamás pensarías que fue totalmente destruida hace 73 años. Es una ciudad tranquila comparada con las grandes urbes de Osaka, Yokohama y sobre todo Tokio. Todavía conserva la línea de tranvía, y al verla se me vinieron a la mente las fotos en blanco y negro que había visto tantas veces.
Mi primera parada fue en el Museo Memorial de la Paz, un museo en memoria de las víctimas de la primera bomba atómica. Tenía claro que me iba a impresionar, pero no tanto. Tal vez yo estuviese más sensible de lo normal porque hacía poco que había terminado de leer el manga Pies descalzos, la historia de un niño que pierde a gran parte de su familia durante y después de la bomba. Así que salí del museo con más pena que con la que había entrado y fui paseando por el Parque conmemorativo de la paz hasta la cúpula, el símbolo más famoso del horror causado por la bomba. Me senté al otro lado del río para contemplarla y pararme a reflexionar sobre lo que había ocurrido allí mismo hacía menos de un siglo.

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Me sacaron de mi ensimismamiento unas chicas de instituto que me pidieron hacerse una foto conmigo, según entendí para algún trabajo de clase. Me hice la foto y muy agradecidas me dieron las gracias y se marcharon risueñas, ajenas al horror que guardaba esa ciudad. Y es lo más lógico, ¿no? El ser humano está preparado para soportar las vivencias más fatales, y las nuevas generaciones ven con distancia aquello que ocurrió en su ciudad. Es entonces cuando dejas un poco de lado la parte más negra de la historia de Hiroshima y te aventuras en el centro para encontrar una ciudad amable, que ha renacido, con personas que van de aquí para allá metidos en su rutina diaria. Hay restaurantes, tiendas de todo tipo, pachinkos y karaokes, porque si algo hace la sociedad japonesa es reponerse de sus catástrofes y mirar hacia el futuro. Solo pasé un día en Hiroshima, pero sé que si tengo la oportunidad volveré más tiempo, porque es una ciudad que ofrece más cosas que un episodio oscuro de la humanidad.

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Ja ne, Osaka

Un mes da para muchas anécdotas y vivencias, pero para eso tendría que haber llevado un diario durante el viaje, tal vez a la próxima.
Si algo saqué en claro de mi tercer viaje a Japón es que Osaka tal vez me resultaría una ciudad más atractiva para vivir, pero como turista me quedo con Tokio. Creo que eso explica por sí solo las diferencias entre ambas ciudades. Tokio es una ciudad que me impresionó más por lo extremadamente cívicos que son y por su amabilidad con los clientes, pero en Osaka encontré un espíritu más rebelde y a personas más abiertas. No quiero terminar sin decir que esta conclusión es una generalización obvia desde el punto de vista de una turista que ha estado un mes en una ciudad y tres semanas en otra sin llegar a integrase ni mucho menos en la sociedad japonesa. Ese punto de vista solo pueden darlo aquellos que han vivido allí y que se han topado con las ventajas o desventajas de Japón en el día a día. Esta es mi visión, no olvidéis que es subjetiva.

 

La biblioteca Gilmore (1)

Tras ver la primera temporada de Las chicas Gilmore he considerado necesario y casi obligatorio hacer una guía de los libros que aparecen en la serie, que es un maravilloso desfile de obras literarias (además de cinematográficas y musicales), algunas ultraarchiconocidas y otras del paladar de lectores algo más experimentados. Con una rápida búsqueda en internet encontramos varias listas de los libros que aparecen en la serie, pero son simplemente esto, listas. Tan solo enumeran exhaustivamente los muchos libros que salen en la serie a lo largo de sus siete temporadas, tanto los mencionados directamente, como los referidos de forma indirecta y los que simplemente aparecen en pantalla durante alguna fracción de segundo. He querido hacer una guía un poco más específica y personal según los momentos que atraviesa particularmente Rory (y otros personajes) a lo largo de la serie, porque podréis imaginaros que los libros que menciona o que lee no están elegidos al tuntún. Y como meter los libros de las siete temporadas en una sola entrada me parece abrumador tanto para mí como para vosotros he decidido dividir esta guía en siete partes más un extra por las siete temporadas de las que consta la serie más el especial de Netflix. A su vez cada parte la dividiré en diferentes secciones en función a cómo nos hablan esos libros de Rory Gilmore y su entorno.

RORY + DEAN

Moby Dick, Herman Melville / Madame Bovary, Gustave Flaubert

Moby Dick es el primer libro del que hablan Rory y Dean. Él le pregunta si le está gustando y ella además de responderle afirmativamente le confiesa no sin cierta culpa que es lo primero que lee de Melville por ser un poco típico empezar con su obra más popular (¿quién no peca de lo mismo?). Dean le confiesa que la ha observado leyendo (la semana anterior Madame Bovary) y que le sorprende su capacidad para abstraerse de todo lo que ocurre a su alrededor y meterse en la lectura. Es importante que lo primero que le gusta de ella es su pasión por la lectura, pero no por el hecho de leer en sí, sino por ponerle tanta pasión a algo. Esta pasión la compartirá con él a lo largo de una relación que se torna tormentosa, digna de las novelas que le gustan.

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Riverdale: la belleza visual como máscara

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Parece ser que la serie de adolescentes del momento es Riverdale, hasta que sea destronada por algún nuevo estreno, porque hoy en día le pegas una patada a una piedra y te salen diez series nuevas a la semana. Pero de momento Riverdale sigue mandando, sobre todo teniendo en cuenta que en octubre se estrena la tercera temporada. Empecé a ver la serie porque si hay algo que atrae mi atención son adolescentes resolviendo misterios, y si a eso le sumas una estética cincuentera al más puro estilo Grease, de primeras ya me has ganado, has apelado a mis gustos más primarios, esos de los que las chicas nos tenemos que sentir avergonzadas como bien corrobora el uso extendido de la expresión guilty pleasure. Para mí es un placer, pero de culpable no tiene nada. Tengo 29 años y me encantan las series de adolescentes, lo cual no quita que sea capaz de ver sus carencias desde un punto de vista más maduro y crítico que cuando las veía con 17 años.

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Tras ver las dos temporadas puedo decir que los dos motivos que me atrajeron están ejecutados de diferente manera, uno de forma bastante notable y otro que deja mucho que desear a excepción de algunos aspectos. ¿Adivináis cuál es cuál? Si he logrado llegar hasta el final de la segunda temporada no ha sido por estar ante una trama bien tejida, imprevisible y con personajes que rompen con los tópicos, sino por una dirección artística que es un placer para la vista.

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