Japón Manga

Ōoku: el gran interior

Si hiciésemos una encuesta a varias personas sobre el significado del término «harén» (prohibido) probablemente la mayoría lo relacionaría exclusivamente con la cultura musulmana. No hay más que hacer una búsqueda rápida en el DRAE para comprobar el sesgado significado que tenemos de este concepto.

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Es cierto que etimológicamente el término viene del árabe, pero no podemos dejarnos confundir por eso y reducir un concepto que han compartido, con sus respectivas diferencias, varias culturas en lugares muy alejados entre sí. Pero algo que comparten todas ellas a grandes rasgos es que, fuese cual fuese el término empleado, hace referencia al lugar donde vivían las mujeres y al grupo de mujeres en sí: la mujer del patriarca, su madre, sus concubinas, sirvientas, hijas e hijos hasta cumplir determinada edad.
Podíamos encontrar estos espacios en la Antigua Grecia, en el Imperio otomano, en el Antiguo Egipto, en las zonas musulmanas de la India y Pakistán, en Persia, en el Imperio azteca y en el Japón del periodo Edo, que es en el que me voy a centrar.
En una historia gobernada por el patriarcado no es de extrañar que las mujeres fuesen relegadas a un espacio cerrado de las viviendas donde servían al hombre de la casa de diferentes formas y dedicaban sus días a cuidar a sus hijos o a practicar las artes de moda en sus respectivos lugares y épocas.
Fue el manga de Fumi Yoshinaga el que me abrió las puertas a una parte muy privada y secreta del castillo de Edo.

El harén japonés

En el Japón del periodo Edo (1603-1868) también hubo un harén dentro del castillo de Edo (antigua Tokio).  En dicho castillo es donde vivía el shogun, que era el verdadero gobernador de la época y no el emperador.
El castillo se dividía en tres zonas principales, de las cuales la parte más interior, el Ōoku (gran interior) estaba designada como vivienda de las mujeres que servían al shogunato Tokugawa. A rasgos generales podríamos considerar el Ōoku un harén, al fin y al cabo, en esencia era un grupo de mujeres que dedicaban su vida a la de un hombre, en este caso el jefe militar del país. Pero sería un error no ahondar más en la estructura de esta institución única en el mundo y en la historia.

El Ōoku fue creado por el shogunato Tokugawa para asegurar y proteger su dinastía. En una época en que las hijas de los samuráis eran tratadas como moneda de cambio entre familias amigas y enemigas, la mujer era vista como un peligro ya que podía ser el origen de traiciones fatales al posicionarse a favor de su padre o de su marido. Por eso era conveniente que las hijas de los samuráis que servían directamente al shogunato Tokugawa (los hatamoto) estuviesen recluidas. Estos samuráis estaban al servicio del shogunato Tokugawa y sus hijas eran las únicas que tenían acceso a los cargos altos dentro del Ōoku. El Ōoku también fue creado por el escaso número de mujeres que había en Edo en aquella época, ya que en un principio solo vivían allí los hombres enviados a construir la ciudad. Y a su vez también era importante para el shogun demostrar que tenía un montón de mujeres a su disposición.

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Las mujeres del Ōoku

Dentro de ese grupo de mujeres estaban la madre del shogun, su mujer legal (midaidokoro o midai), las concubinas, las sirvientas, las niñas y los niños menores de ocho años que tuviesen algún parentesco con alguna de las mujeres que allí vivían. En cuanto a los hombres, solo podían pasar el shogun y los médicos cuando fuese necesario. Cada una de estas mujeres poseía un rango y con él ciertos deberes y derechos (pocos), pero había una cosa que todas tenían en común: el silencio. Una vez que entraban a formar parte del Ōoku debían prometer no escribir ni contar nada de lo que allí viesen o escuchasen. Esta prohibición dio lugar a un gran número de leyendas en el exterior del castillo, porque ya sabemos que nada alimenta más a la imaginación humana que un gran secreto. Esas habladurías y la prohibición que tenían las mujeres de escribir diarios han hecho que en realidad se conozca poco sobre el Ōoku, pero aun así se han podido averiguar hechos lo bastante contrastados como para tomarlos por reales.

Cuando una mujer pasaba a formar parte del Ōoku tenía prohibido salir al exterior, con algunas excepciones, y muchas residían allí el resto de su vida. El Ōoku se diferencia de otros harenes porque era una institución más autónoma que contaba con una jerarquía muy marcada, un protocolo estricto y no carecía de burocracia. Esta institución era solo supervisada por las propias mujeres, y las que debían pasar a la zona administrativa del castillo (nakaoku) debían ir rapadas y llevar vestimenta masculina; las responsables de estas tareas eran unas cuatro mujeres.

En una cultura donde la jerarquía es la columna vertebral de la sociedad no es raro que hasta en un lugar como el Ōoku hubiese diferentes rangos para las mujeres que habitaban en él, estos son los principales.

Jōro-Toshiyori

La acompañante, secretaria y consejera de la midai (mujer del shogun). Era un puesto reservado a las hijas de aristócratas de Kioto y como mucho había dos a la vez. Se encargaban de enseñar y acompañar a la midai en actividades como la ceremonia del té, arreglo florar, lectura de poesía, música, etc.

Otoshiyori

Aunque estaban por debajo de las jōro-toshiyori en rango, a efectos prácticos tenían más poder. Debían ser hijas de un samurái hatamoto, y de hecho estas eran las únicas que podían estar en presencia del shogun y de la midai por ser consideradas más leales. En total había entre seis y ocho que se dividían en dos grupos: las que servían al shogun y las que servían a la midai. Se encargaban de las tareas administrativas del Ōoku, así como de los asuntos personales de la midai. Eran las únicas que salían al exterior porque debían rendir pleitesía en nombre de la midai en templos, santuarios, ante familiares de los Tokugawa y a los daimyō (señores feudales) más poderosos.

Ochūro

Eran las únicas que compartían cama con el shogun cuando él lo solicitaba. El shogun no tenía toda la libertad que uno podría imaginar a la hora de mantener relaciones sexuales con alguna de sus concubinas, ya que seguía un horario estricto, había periodos de celibato y era todo un protocolo el que se veía obligado a seguir cuando quería acostarse con alguna de ellas. El resto del tiempo las mujeres de este rango se dedicaban a realizar las tareas diarias del shogun y de la midai, eran básicamente unas sirvientas.

Aunque uno pudiese imaginar lo contrario, cuanto mayor fuese el rango menos libertades tenían a la hora de relacionarse con el exterior. Las de menor rango podían visitar a sus familiares cada tres años y hasta dejar su puesto en ciertas circunstancias, como la muerte del shogun, cuando se les permitía replantearse si seguir en su puesto o marcharse. Las de rangos más altos en cambio no podían visitar a sus familiares ni cuando estos se encontraban en Edo de visita oficial y debían permanecer en el Ōoku hasta su muerte, probablemente por miedo a que desvelasen secretos del interior y del shogunato, pues eran las que más información tenían.
Trabajar en el Ōoku era el deseo de muchas mujeres de familias de samuráis empobrecidas, ya que además de la ventaja económica, en el Ōoku podían estudiar cosas que en el exterior se enseñaban solo a los hombres, e incluso había cierta movilidad entre los rangos, por lo que algunas podían ir ascendiendo con el tiempo. Conociendo la precaria situación de las mujeres en el Japón de aquella época es más que lógico que muchas viesen el Ōoku como una oportunidad para mejorar sus vidas de una forma que en el exterior sería completamente imposible. Pero no cualquiera podía entrar a formar parte de esta institución, había tres vías: por la familia (sobre todo hijas de samuráis), por dinero o por belleza, aunque esta última no era una forma tan efectiva, pues las mujeres más bellas eran vistas como un peligro.

Toda medida para salvaguardar los secretos del Ōoku eran pocas, por lo que tampoco se realizaron pinturas de esa zona del castillo. Sin embargo, el grabador Toyohara Chikanobu reflejó en una serie de cuarenta grabados algunas escenas cotidianas de este misterioso lugar, reflejando lo que imaginaba que se habrían encontrado de haber podido acceder al Ōoku.

Intercambio de papeles

Pero ¿qué pasaría si en Japón hubiese existido un harén masculino? Eso mismo fue lo que se le ocurrió a Fumi Yoshinaga y que plasmo en Ōoku: The Inner Chambers, un manga que por desgracia no está editado en castellano, pero podemos encontrar una edición estadounidense. No es muy conocido fuera de Japón a pesar de haber estado nominado al Premio Cultural Osamu Tezuka tres años seguidos y de haber ganado varios premios, uno de ellos de la Asociación japonesa de ciencia ficción feminista.

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La autora nos presenta un pasado alternativo con la siguiente premisa: en el Japón feudal una repentina enfermedad contagiosa peor que la viruela empieza a matar a los varones más jóvenes, viéndose muy reducido el número de hombres en un corto periodo de tiempo. En un momento y lugar donde los hombres dirigían el país esto supondrá un cambio total en la sociedad. Las mujeres se ven obligadas a encargarse de los trabajos propiamente masculinos (pesca, agricultura…) debido a la escasez de estos y a que deben guardar como un tesoro a los hombres de la familia para que el linaje no se pierda, pues recordemos que en aquella época las mujeres no heredaban y la línea de sucesión la mantenía el hombre. La enfermedad llega hasta el castillo de Edo, donde el tercer shogun, Iemitsu Tokugawa, acaba muriendo sin descendencia masculina y la única hija que tiene debe ponerse al mando del shogunato, eso sí, haciéndose pasar por su padre ante todo Japón a excepción de unas pocas personas cercanas que trabajan para ella.

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Lo que nos encontramos en este manga es una historia de ficción con muchos acontecimientos basados en la realidad, así como personajes importantes de la historia japonesa, entre ellos Iemitsu Tokugawa, que efectivamente fue el tercer shogun Tokugawa que gobernó Japón. Esto resulta un atractivo añadido a la original premisa porque podemos ir conociendo personalidades del Japón del periodo Edo.
Otra es Kasuga no Tsubone, que aparece en el manga como nodriza de Iemitsu y una de las que sentó las bases del Ōoku como institución porque así fue en la realidad. Se nos presenta como una mujer bastante despiadada, cosa que podría tener su parte de verdad, aunque también se le conocen actos bondadosos. Aunque cuando ella vivía todavía no existía el rango de otoshiyori se supone que su papel era muy similar.

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El punto fuerte del manga es que por un momento nos metemos en una realidad en la que la persona con más poder de Japón es una mujer, pero como tal, al principio debe luchar por hacerse valer y hasta llega a considerarse un mero útero necesario para dar a luz a un shogun hombre. A partir de segundo tomo nos introducimos en un flashback que explica cómo las mujeres pasaron a ser el género dominante, algo que evidentemente no ocurrió de la noche a la mañana. Se usan acontecimientos reales, como el cierre de Japón al resto del mundo, pero adaptados a la historia. Por ejemplo, la shogun decide cerrar Japón alegando que no quieren un país colonizado por el cristianismo, pero es una mera excusa para tapar el problema de la escasez de hombres.
Sin duda, Fumi Yoshinaga  hace un ejercicio muy interesante a la hora de mostrarnos un pasado alternativo y solo por eso merece la pena darle una oportunidad a este manga.

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¿Un cambio desde el interior al exterior?

En los años setenta el movimiento feminista japonés consideró el Ōoku como una forma más de controlar a la mujer desde un sistema patriarcal. Pero, actualmente, tal vez tras descubrir más información, el Ōoku ha pasado a verse como una institución donde las mujeres tenían relevancia y donde pudieron contribuir tanto a nivel cultural como a nivel económico con el país. Aunque tal vez esta sea más una interpretación en un intento desesperado de hallar algo de luz en una oscuridad tan profunda. La realidad es que esas mujeres estaban encerradas, limitadas, calladas y su mayor privilegio era el de dar a luz al siguiente shogun. Que dentro de esas condiciones lograsen llevar a cabo una influencia sobre la sociedad no es más que otro ejemplo de la capacidad del género femenino para sobrevivir ante la adversidad. La obra de Fumi Yoshinaga es un soplo de aire fresco en el ambiente viciado de esas estancias que permanecieron cerradas al resto del mundo.

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