Japón

Cigarras, humedad y karaage

Que el verano japonés es una bomba hecha de altas temperaturas y humedad es algo que sabemos muy bien los que alguna vez hemos visto anime gracias a esa idea tan romantizada que tienen los japoneses de representar sus cuatro estaciones con todo detalle. Entonces ¿cómo pude llegar a la conclusión de que pasar un mes entero en la época más calurosa resultaría atractivo? La respuesta no tiene nada de trascendental, simplemente ya había ido a Japón en época de hanami y de momiji y se me antojaba curioso poder asistir a algún matsuri (festival) y ver cómo los japoneses se deleitan con los hanabi (fuegos artificiales) cual niños. Quería vivir un verano como el de Shizuku en Susurros del corazón, salir en pleno día y escuchar las cigarras, y vaya si las escuché, hasta las vi, porque son enormes. Aunque me quedé con las ganas de encontrarme con algún gato misterioso.

La loca Osaka

Para mí Osaka ya no es solo «Osaka», siempre será «la loca Osaka» (a nivel Japón, claro). En mis dos viajes anteriores lo más cerca que había estado de esta antigua capital (porque fue capital antes que Kioto) fue la propia Kioto, así que consideraba que le debía una visita en condiciones a la antes conocida como Naniwa.

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El señor del puntero

Es sabido por los que tenemos predilección por Japón que hay una especie de lucha entre Tokio y Osaka. Había leído opiniones sobre personas que han vivido en alguna de las dos ciudades, o incluso en ambas, sobre las diferencias de los japoneses que las habitan y tenía mucha ganas de comprobar qué tenían de cierto, siempre con la limitación del tiempo y de mi situación de mera turista. Pero como si la ciudad supiese que estaba deseosa de jugar a un «encuentra las siete diferencias» nada más llegar a Shin-Osaka (la estación de tren más nueva) me puso en bandeja una gran pista para resolver el juego. Viéndome con cara de póquer ante un mapa de trenes buscando la forma de llegar a mi alojamiento se me aproximó un señor y comenzó a hablarme en japonés, diría que en el dialecto de Kansai, porque me costaba entenderlo más de lo normal. Obviamente deduje que quería echarme una mano, así que le dije mi estación de destino y me señaló un andén. Pero no contento con prestarme esa ayuda me acompañó durante el resto del recorrido (trasbordo incluido) hasta que tuvo que bajarse un par de paradas antes que yo. Durante el trayecto me hablaba en japonés, y cuando yo le decía que no lo entendía chapurreaba algo de inglés, cosa que en verdad solo empeoraba la situación. Pero lo que más me sacó de mis casillas fue cuando estando dentro del primer tren sacó un puntero de los de antes, de los plegables, y se puso a golpear el mapa de la línea para explicarme qué recorrido debía hacer. Sin duda estaba presenciando al primer síntoma de locura (¡buena!) de Osaka.

Un infierno terrenal con pequeños oasis

Tras este primer encontronazo con la realidad osaqueña, al salir de la estación me di de bruces con algo que iba a atormentarme durante un mes: un calor sofocante por culpa de la humedad. Yo soy persona de interior, así que podéis imaginaros lo que estaba a punto de sufrir. Era incapaz de respirar de forma fluida, aunque a eso te acabas acostumbrando a fuerza de resignación. Desde aquí quiero pediros por favor que, a no ser que no tengáis otras fechas libres para poder ir a Japón o que queráis ir entonces por alguna razón muy específica (como ver algún matsuri), NI SE OS OCURRA IR EN VERANO. Respetad vuestro cuerpo y vuestro tiempo, porque intentar hacer turismo con semejante calor en un suicidio lento. Como una persona organizadora que soy había preparado un montón de sitios que visitar, pero el número se vio notablemente reducido por el calor. No esperéis madrugar para encontrar unas horas menos calurosas (no las hay) o hacer visitas a sitios turísticos después de las cinco (cuando cierra todo).

Si a pesar de esto acabáis yendo en verano tened en cuenta que en las ciudades más grandes podéis recorrer largas distancias bajo tierra por los túneles que unen las estaciones y que además están llenas de tiendas y restaurantes de todo tipo. Y también podéis aprovecharos de los shotengai, que son calles comerciales cubiertas, las hay más antiguas y más nuevas, estas últimas tienen aire acondicionado. Yo no sé qué habría hecho sin el de ebisubashi que me ayudaba a llegar a mi estación desde el alojamiento. Eso sí, tened en cuenta que todo el mundo tiene la misma estrategia y que durante la mayor parte del día estas galerías van a estar absolutamente repletas de gente y tendréis que movernos cual sardinas enlatadas.

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Uchiwa publicitarios, cerveza y karaage

Como ya he mencionado, uno de los motivos por los que elegí Osaka en esas fechas era poder asistir a uno de los tres matsuris más importantes de Japón: el Tenjin Matsuri. Y solo por haber asistido a tal celebración mereció la pena sufrir el calor infernal.
Cuando vas a una estación de tren o de metro y ves a muchas personas vestidas con yukata sabes que hay algún festival de verano. Llegué a la estación más próxima al santuario desde donde salía la procesión y me dejé guiar por el sonido de las geta de madera hasta la salida. Lo que me encontré en la superficie fue una marea de personas de todas las edades, muchas ataviadas para la ocasión de forma tradicional y otras con sus ropas del día a día. Al instante me abordó alguien que repartía uchiwa (abanicos japoneses) con publicidad, ya sabemos que en Japón cualquier momento es bueno para promocionar algo. Mi primera reacción fue de alivio, seguida por una decepción muy grande al comprobar que lo único que hacía al abanicarme era remover el aire caliente que tenía secuestrada a la ciudad y a sus habitantes. Pero ¡basta de quejas! Tocaba poner rumbo al santuario porque la procesión estaba a punto de comenzar y quería conseguir un buen sitio para hacer fotos. Logré un lugar en segunda fila en una calle muy estrechita justo en el momento adecuado. Lo que más me impresionó de la procesión en tierra fue el sonido de los taikos (tambores), en ese momento ni todo el calor del mundo podría haberme impedido disfrutar de algo tan especial y tan diferente pero a la vez tan conocido para mí. Fue uno de esos momentos que no sabes si volverás a vivir y que quieres atesorar al máximo, exprimir cada segundo.
Tras esta especie de trance que viví se me aproximó un señor que debió de verme sufriendo bastante, porque me regaló dos botellas de té helado. Osaka volvía a complacerme con la amabilidad de sus gentes y su faceta más extrovertida y acogedora hacia los extranjeros. Por supuesto, en un primer momento me negué a aceptarlos, pero al ver que insistía una vez más entendí que el señor no iba a quedarse contento hasta que aceptase su regalo. Repasando mentalmente mis conocimientos sobre la etiqueta japonesa acepté su ofrecimiento. No estaba en España, donde puedes rechazar una oferta así sin que la otra persona se sienta especialmente mal, estaba en Japón, donde las formas lo son todo.

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Dicho esto, he de decir que esas dos botellas de té helado me salvaron la vida, porque la procesión se alargó más de lo que había previsto. Acabó la primera parte y debía dirigirme hacia el lugar donde tendría lugar la segunda: el río Okawa, porque la procesión por tierra iba a convertirse en una precesión flotante. Eso sí que era algo totalmente nuevo para mí.
De camino atravesé un shotengai que estaba repleto de puestos de comida y de cerveza (en Japón es legal beber en la calle). Busqué algo apto para el paladar tan especial que tengo y me decidí por un cubito de karaage, que es pollo rebozado y frito, pero no como el que podamos comer en otros países, es especial, una bomba de placer para el gusto. Para pasarlo me compré una Asahi, así también entraría más en el espíritu festivo, recordemos que a los japoneses les encanta la cerveza. Comí y bebí al lado del puesto porque en Japón es de mala educación hacer ambas cosas andando, aunque en días especiales como los festivales no es raro ver a los propios japoneses saltándose las normas. Con el estómago algo más lleno me dirigí hacia el río. Al llegar me encontré con que la rivera estaba plagada de yatai (puestos de comida) y de gente que llevaría horas acampando para conseguir las mejores vistas.

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Lo que presencié luego fue maravilloso, barcos espectaculares que llevaban a bailarines que danzaban al ritmo de la canción del matsuri, con una melodía que me transportó tal vez a los años 30 de Japón. También había un barco con una hoguera gigante, y como colofón unos fuegos artificiales de prácticamente una hora de duración con una de las puestas de sol más impresionantes que he visto.

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Los fuegos arrancaban a los japoneses exclamaciones de sorpresa como si fuese la primera vez que veían tal acontecimiento, porque la sociedad japonesa se maravilla con lo efímero, como los cerezos en flor. ¿Y qué son los fuegos artificiales sino algo que empieza y termina en un segundo? Ahí es donde reside gran parte de su belleza.

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Vivir ese ambiente de diversión, jovialidad y despreocupación fue todo un privilegio que jamás olvidaré, y esa alegre melodía del matsuri que evocaba a tiempos pasados la tendré grabada siempre en la memoria.

De Dotombori a Amerikamura

Son muchos los sitios de Osaka sobre los que podría extenderme hablando, pero he elegido estos dos porque son los que más recorrí durante mi estancia y sin duda son de los más emblemáticos y concurridos. Dotombori de noche se muestra mucho más apetecible y vivaz que durante las horas diurnas. Los cientos de farollilos que hay colgados a los lados del canal se reflejan en el río y crean una atmósfera en la que es fácil entrar pero no salir. Durante mi estancia en Osaka me hice asidua de una terraza que servía bebidas y cosas para picar, tanto que el dueño acabó reconociéndome e incluso invitándome a una cerveza o regalándome unas uvas japonesas. En Dotombori puede pasar de todo, como encontrar a los hinchas de un equipo de fútbol que se adueñan del canal, como descubrir un pequeño matsuri donde locales y extranjeros bailan al ritmo de canciones japonesas.

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Siguiendo el recorrido del canal llegaba hasta Amerikamura, un barrio que tiene sus orígenes en los años setenta cuando comenzaron a venderse vinilos y artículos procedentes de la costa estadounidense. Todavía se encuentra aquí ese toque más occidental, tanto en las tiendas como en los restaurantes. Pero si nos vemos sobrepasados de Occidente podemos refugiarnos en un Mandarke, que para eso estamos en Japón.

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En Amerikamura lo mejor que se puede hacer es patearse las calles y encontrar tiendas muy locas, como una dedicada a Alicia en el país de las maravillas, o unos recreativos exclusivamente de pinballs de todo tipo a cien yenes la partida (son adictivos).

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También recomiendo aprovechar la oportunidad y pasarse por alguno de los restaurantes hawaianos que hay, ya sabemos que a los japoneses les chifla Hawái y lo notamos porque no es difícil toparse con restaurantes dedicados a su cocina en ciudades grandes. Tras callejear por Amerikamura siempre me gustaba sentarme en una pequeña plaza, que es el centro neurálgico del barrio, para ver pasar a la gente mientras me tomaba algo.

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Hiroshima mon amour 

A Hiroshima tuve la oportunidad de ir el 6 de agosto, el aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre la ciudad, y estuve tentada de ir, pero al final decidí que era mejor ir en cualquier otra fecha. Me pareció que si iba ese día iba a sentirme desubicada, como una intrusa entre personas, y descendientes de estas, que habían sufrido el dolor en sus propias carnes.
Llegué a Hiroshima con cierta incertidumbre sobre qué iba a sentir. Nada más llegar me encontré en una ciudad de costa rodeada por unas preciosas montañas. La cantidad de turistas extranjeros es notoria, y hay hasta varios autobuses que hacen rutas turísticas incluidas con el JR Pass. Es tan fácil como llegar, subirse al autobús y cuando te quieres dar cuenta estás recorriendo las calles de una ciudad que jamás pensarías que fue totalmente destruida hace 73 años. Es una ciudad tranquila comparada con las grandes urbes de Osaka, Yokohama y sobre todo Tokio. Todavía conserva la línea de tranvía, y al verla se me vinieron a la mente las fotos en blanco y negro que había visto tantas veces.
Mi primera parada fue en el Museo Memorial de la Paz, un museo en memoria de las víctimas de la primera bomba atómica. Tenía claro que me iba a impresionar, pero no tanto. Tal vez yo estuviese más sensible de lo normal porque hacía poco que había terminado de leer el manga Pies descalzos, la historia de un niño que pierde a gran parte de su familia durante y después de la bomba. Así que salí del museo con más pena que con la que había entrado y fui paseando por el Parque conmemorativo de la paz hasta la cúpula, el símbolo más famoso del horror causado por la bomba. Me senté al otro lado del río para contemplarla y pararme a reflexionar sobre lo que había ocurrido allí mismo hacía menos de un siglo.

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Me sacaron de mi ensimismamiento unas chicas de instituto que me pidieron hacerse una foto conmigo, según entendí para algún trabajo de clase. Me hice la foto y muy agradecidas me dieron las gracias y se marcharon risueñas, ajenas al horror que guardaba esa ciudad. Y es lo más lógico, ¿no? El ser humano está preparado para soportar las vivencias más fatales, y las nuevas generaciones ven con distancia aquello que ocurrió en su ciudad. Es entonces cuando dejas un poco de lado la parte más negra de la historia de Hiroshima y te aventuras en el centro para encontrar una ciudad amable, que ha renacido, con personas que van de aquí para allá metidos en su rutina diaria. Hay restaurantes, tiendas de todo tipo, pachinkos y karaokes, porque si algo hace la sociedad japonesa es reponerse de sus catástrofes y mirar hacia el futuro. Solo pasé un día en Hiroshima, pero sé que si tengo la oportunidad volveré más tiempo, porque es una ciudad que ofrece más cosas que un episodio oscuro de la humanidad.

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Ja ne, Osaka

Un mes da para muchas anécdotas y vivencias, pero para eso tendría que haber llevado un diario durante el viaje, tal vez a la próxima.
Si algo saqué en claro de mi tercer viaje a Japón es que Osaka tal vez me resultaría una ciudad más atractiva para vivir, pero como turista me quedo con Tokio. Creo que eso explica por sí solo las diferencias entre ambas ciudades. Tokio es una ciudad que me impresionó más por lo extremadamente cívicos que son y por su amabilidad con los clientes, pero en Osaka encontré un espíritu más rebelde y a personas más abiertas. No quiero terminar sin decir que esta conclusión es una generalización obvia desde el punto de vista de una turista que ha estado un mes en una ciudad y tres semanas en otra sin llegar a integrase ni mucho menos en la sociedad japonesa. Ese punto de vista solo pueden darlo aquellos que han vivido allí y que se han topado con las ventajas o desventajas de Japón en el día a día. Esta es mi visión, no olvidéis que es subjetiva.

 

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